Lupus domine
Sus ojos transparentes atravesaban la reja como cortándola.
La carga de hielo de su mirada resultaba peligrosa, pero a la vez
atrayente, hipnótica; como un rayo de luz surgido de las
entrañas de un iceberg, donde moraran corazones congelados
por milenios.
Inquieto, intentaba aligerar la tensión de su destino, encapsulado
en la densidad de aquel ignoto cuadrado.
Las nubes oscuras lo llamaban, pero él no podía ir;
entonces la tristeza y la ira poblaban su alma de una energía
devastadora, que en ocasiones lo devoraba.
Por momentos me parecía ser él, y que él también
era yo, en cierto sentido.
Mi experiencia en prisión, y en transitar las márgenes
filosas de la civilización de los hombres, nos acercaba.
¿Acaso no había lugar donde la mano perseguidora del
hombre no nos alcanzara?
Mi pensamiento vagaba por las mismas sendas que su instinto, percibiendo
ambos, al unísono, la devastación de las praderas,
de las islas irremediablemente hundidas, de los riscos, que van
perdiendo sus antiguos filos. Ya nadie remontaba los ríos.
Los océanos carecían de misterios.
Los dólmenes se figuraban una expresión de barbarie.
Las gentes negaban sus propios idiomas.
Él, intentaba decirme algo cada mañana, sosteniendo
en mis ojos su expresiva mirada, hasta que las sombras lo llevaban
nuevamente al redil, y acaso a los senderos remotos de su origen.
Yo desconocía las coordenadas geográficas de su Patria,
mas no hacía falta saberlas, para imaginar aquel lugar que
de alguna forma ignorada nos unía.
La estela de fuego de cuatro ojos encontrándose: dos azules,
los de él, y dos verdes, los míos, encendía
vectores de guerra en el sol crepuscular.
Los árboles centenarios que poblaban las amplias avenidas
del predio, asistían a la repetida escena de su mirada sin
tiempo, sumergiéndose en las primeras tinieblas de la noche.
Los arquitectos masones que trazaron la ciudad, y diagramaron sus
fuentes y sus plazas, arrojaron a éste rincón de sus
planos, algunas cosas negadas u olvidadas por su doctrina, pero
que aún así, maduraron por fuera de la metódica
razón en que confiaban. Cosas que estaban allí, aún
antes de que los compases de aquellos constructores soñaran
con trazar una línea.
Los movimientos circulares de la manada se relacionaban unos con
otros, hasta hacer llegar la rotación de su energía
hasta mi espíritu, afín a ella y bien dispuesto a
recibirla.
Peregrinas ideas pasaban por mi mente.
La noche llegaba una y otra vez, y las antiguas rejas daban la impresión
de conservar en sí, hechos y situaciones ignorados, vividos
a través de los años en el vasto perímetro.
Al filo de la hora en que los portones se cierran, caminaba hacia
la salida sin hacer ningún ruido, iba al encuentro de la
bestialidad mecánica de la calle, cuyos animales atravesaban
la tarde, émulos de antiguas manadas perdidas de su ruta.
Los pequeños carteles de hierro, amojonaban la senda a cada
paso con sus viejos latines oxidados, tributo a la sapiencia de
los naturalistas del ochenta.
Mis días eran páginas iguales, en la soledad nocturna
del altillo.
Detrás de los sugestivos y numerosos libros apilados en la
pieza, se escondían multitud de autores desconocidos, vencidos
finalmente por los misterios que les arrancaran la vida.
Las madrugadas avanzaban sobre el cuarto atiborrado de tiempo.
Las luces de la madrugada esperaban que el tren, produjera finalmente
la hendidura por la que habitualmente ingresaban al mundo en las
mañanas. Al rato, con el sol renacido, la yerba crujía
en el mate de la virola de plata, y luego los pasos fatigaban el
empedrado en la misma dirección.
Nunca encontraba al líder durmiendo. Él velaba, como
un caballero cuya única gloria fuera velar. Acaso su misión
consistía en invocar, a través de la elipse de sus
pasos, a los dioses privados de sus antiguas posesiones, y a las
manadas de sus congéneres pasados, cuyos lares moran todavía
en un lugar desconocido para nosotros. Quizá sólo
sean mitos futuros, creándose ahora mismo con nutrientes
de una materia cuya conducta desconocemos.
Unas pocas leyendas, acariciaban todavía las montañas
que la orden gris hubo abandonado. Y busqué los pocos hombres
y los libros que pudieran conocerlas. Y supe de ciertas analogías
entre ellos y yo; supe también que hay mucho más oculto
en este mundo, de lo que la gente imagina.
Había una hora, en la que el empleado municipal arrojaba
la carne dentro de la jaula con desprecio. Aquel día esa
hora era distinta, una indudable inquietud habitaba el aire.
Sé que mi mirada ponía incómodo a aquel hombre,
y lo confirmé cuando tuve que entablar una inquisitiva charla
con el policía de consigna. El agente dio un rodeo –
no se atrevió a hacer preguntas directas, que hubieran resultados
violentas e infundadas -. Fue un diálogo tonto y sencillo.
A poco se fue convencido de que no existía en mi actitud,
transgresión legal alguna. En realidad era así, tomando
en cuenta los aspectos jurídicos formales que la gente común
percibe.
Al otro día y al siguiente del improvisado interrogatorio,
la sonrisa irónica del empleado consiguió realmente
molestarme, y algunos gestos y comentarios de aquella caterva humana
que eran sus compañeros, rayaban en la provocación.
Opté por el silencio, por una aparente sumisión absoluta.
Reflexioné entonces profundamente sobre la ignorancia, y
me impuse un duro auto control para calmarme y poner en orden mis
pensamientos.
Insatisfecho con mi actitud, el empleado opta por una abierta actitud
provocadora, y comienza a arrojar con fuerza, los pesados huesos
con carne sobre el lomo de los lobos grises, que a cada golpe aúllan
de dolor. El miserable me mira de soslayo, esperando alguna reacción
de mi parte. Nada, no hago nada.
Todo ese día me quedo dialogando mentalmente con el líder,
que comienza a aullar con toda la manada cuando el sol se esconde.
Esto exacerba al grupo humano referido anteriormente, que a cierta
distancia, ensaya pasos de baile soeces, y algunos eructos y gestos
obscenos dirigidos a mí.
Por la noche, por un motivo que puedo sospechar, pienso en Rumania
y en su idioma dulce, enclavado en sólido latín. Sueño
con sus montañas y me veo caminando con precisión
por sus senderos. En el sueño, llevo el cabello largo y una
ropa extraña, una espada de empuñadura adornada con
gemas, y una cruz latina sobre el pecho.
Tomo entonces algunas decisiones que parecen gestarse fuera de mí.
Todo el día me persiguen las voces rumanas, y unas fogatas
que luchan contra la niebla eterna.
Tomo mi puesto cotidiano en la lomada, sin preocuparme por el rocío,
que busca mis huesos con sus agujas de hielo.
La cuadrilla municipal hoy no está de humor, hace lo justo,
se mueve con una prudencia desconocida, puede deberse a algún
vago temor, acaso al frío. Mi rostro está quieto,
y trato de no desviar la mirada hacia ellos por ningún motivo.
El líder está mortalmente inmóvil, ni siquiera
se sacude los restos de escarcha, que la helada depositó
en su pelaje como en una cima nevada. La manada lo acompaña
en su quietud.
Todo el día transcurre así, inmóvil. Quietud
de águila quieta, de garzas quietas, de árboles sin
hojas, y de muros arañados por generaciones de bestias encerradas.
Recibo la niebla con la primera oscuridad, es como una ceremonia,
ya nada se oye, que no sea amortiguado por vidriadas gotas de agua
sobre la vegetación. Sólo una veintena de ojos se
atreven a brillar de fijo azul entre la bruma.
La situación me favorece, mi prolongada paciencia recibirá
su recompensa. Ningún ruido percibe el oído humano.
Sólo fue necesario un preciso movimiento sobre la cerradura
del viejo candado. En tantos descuidos incurrían habitualmente
los negligentes empleados, que no haberlo cerrado esa noche no provocaría
el asombro de nadie.
Por todo un año había mantenido bien guardada aquella
llave, desde que cayera del bolsillo agujereado del encargado, en
uno de sus alcohólicos descuidos.
Una gran paz me invadió entonces, y recuerdo lo bien que
dormí aquella noche.
Al otro día encontré el zoológico cerrado.
La gente, horrorizada, comentaba que una veintena de lobos habían
escapado, devorando a algunos trabajadores que tomaban su turno
por la mañana. Nadie más que ellos, por fortuna, resultó
herido.
Luego de su nefasta tarea –así decía la información
periodística- permanecieron en la lomada que está
ubicada frente a su jaula, e ignorando algunos niños y ancianos
que permanecían inmóviles de miedo, caminaron por
largo rato en círculo olisqueando la gramilla, para dispersarse
luego con rumbo ignorado.
Pese a los esfuerzos de la policía al llegar al lugar –continuaba
la información- ningún rastro se halló de ellos,
esto último dio pie a las más diversas y disparatadas
conjeturas, como ocurre en estos casos.
La causa penal y el correspondiente sumario administrativo se sobreseyeron
–como era lógico- sin ningún imputado, ya que
la imputación hubiera recaído, sin dudas, sobre alguno
de los occisos, que eran, precisamente, quienes tenían la
responsabilidad de mantener cerrado el candado de la jaula de los
peligrosos animales.
Las autoridades municipales manifestaron que vistos los acontecimientos,
no repondrán los ejemplares perdidos en el hecho.
© Juan Pablo
Vitali
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