Gabriel Cebrián
Juan Pablo Vitali
Eduardo Zapiola
Cecilia Fallesen
Patricia Vieyra

Juan Pablo Vitali
 
 
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Juan Pablo Vitali

Lupus domine

Sus ojos transparentes atravesaban la reja como cortándola. La carga de hielo de su mirada resultaba peligrosa, pero a la vez atrayente, hipnótica; como un rayo de luz surgido de las entrañas de un iceberg, donde moraran corazones congelados por milenios.
Inquieto, intentaba aligerar la tensión de su destino, encapsulado en la densidad de aquel ignoto cuadrado.
Las nubes oscuras lo llamaban, pero él no podía ir; entonces la tristeza y la ira poblaban su alma de una energía devastadora, que en ocasiones lo devoraba.
Por momentos me parecía ser él, y que él también era yo, en cierto sentido.
Mi experiencia en prisión, y en transitar las márgenes filosas de la civilización de los hombres, nos acercaba.
¿Acaso no había lugar donde la mano perseguidora del hombre no nos alcanzara?

Mi pensamiento vagaba por las mismas sendas que su instinto, percibiendo ambos, al unísono, la devastación de las praderas, de las islas irremediablemente hundidas, de los riscos, que van perdiendo sus antiguos filos. Ya nadie remontaba los ríos. Los océanos carecían de misterios.
Los dólmenes se figuraban una expresión de barbarie. Las gentes negaban sus propios idiomas.
Él, intentaba decirme algo cada mañana, sosteniendo en mis ojos su expresiva mirada, hasta que las sombras lo llevaban nuevamente al redil, y acaso a los senderos remotos de su origen. Yo desconocía las coordenadas geográficas de su Patria, mas no hacía falta saberlas, para imaginar aquel lugar que de alguna forma ignorada nos unía.
La estela de fuego de cuatro ojos encontrándose: dos azules, los de él, y dos verdes, los míos, encendía vectores de guerra en el sol crepuscular.
Los árboles centenarios que poblaban las amplias avenidas del predio, asistían a la repetida escena de su mirada sin tiempo, sumergiéndose en las primeras tinieblas de la noche.
Los arquitectos masones que trazaron la ciudad, y diagramaron sus fuentes y sus plazas, arrojaron a éste rincón de sus planos, algunas cosas negadas u olvidadas por su doctrina, pero que aún así, maduraron por fuera de la metódica razón en que confiaban. Cosas que estaban allí, aún antes de que los compases de aquellos constructores soñaran con trazar una línea.
Los movimientos circulares de la manada se relacionaban unos con otros, hasta hacer llegar la rotación de su energía hasta mi espíritu, afín a ella y bien dispuesto a recibirla.
Peregrinas ideas pasaban por mi mente.
La noche llegaba una y otra vez, y las antiguas rejas daban la impresión de conservar en sí, hechos y situaciones ignorados, vividos a través de los años en el vasto perímetro.
Al filo de la hora en que los portones se cierran, caminaba hacia la salida sin hacer ningún ruido, iba al encuentro de la bestialidad mecánica de la calle, cuyos animales atravesaban la tarde, émulos de antiguas manadas perdidas de su ruta.
Los pequeños carteles de hierro, amojonaban la senda a cada paso con sus viejos latines oxidados, tributo a la sapiencia de los naturalistas del ochenta.
Mis días eran páginas iguales, en la soledad nocturna del altillo.
Detrás de los sugestivos y numerosos libros apilados en la pieza, se escondían multitud de autores desconocidos, vencidos finalmente por los misterios que les arrancaran la vida.
Las madrugadas avanzaban sobre el cuarto atiborrado de tiempo.
Las luces de la madrugada esperaban que el tren, produjera finalmente la hendidura por la que habitualmente ingresaban al mundo en las mañanas. Al rato, con el sol renacido, la yerba crujía en el mate de la virola de plata, y luego los pasos fatigaban el empedrado en la misma dirección.

Nunca encontraba al líder durmiendo. Él velaba, como un caballero cuya única gloria fuera velar. Acaso su misión consistía en invocar, a través de la elipse de sus pasos, a los dioses privados de sus antiguas posesiones, y a las manadas de sus congéneres pasados, cuyos lares moran todavía en un lugar desconocido para nosotros. Quizá sólo sean mitos futuros, creándose ahora mismo con nutrientes de una materia cuya conducta desconocemos.
Unas pocas leyendas, acariciaban todavía las montañas que la orden gris hubo abandonado. Y busqué los pocos hombres y los libros que pudieran conocerlas. Y supe de ciertas analogías entre ellos y yo; supe también que hay mucho más oculto en este mundo, de lo que la gente imagina.

Había una hora, en la que el empleado municipal arrojaba la carne dentro de la jaula con desprecio. Aquel día esa hora era distinta, una indudable inquietud habitaba el aire.
Sé que mi mirada ponía incómodo a aquel hombre, y lo confirmé cuando tuve que entablar una inquisitiva charla con el policía de consigna. El agente dio un rodeo – no se atrevió a hacer preguntas directas, que hubieran resultados violentas e infundadas -. Fue un diálogo tonto y sencillo. A poco se fue convencido de que no existía en mi actitud, transgresión legal alguna. En realidad era así, tomando en cuenta los aspectos jurídicos formales que la gente común percibe.

Al otro día y al siguiente del improvisado interrogatorio, la sonrisa irónica del empleado consiguió realmente molestarme, y algunos gestos y comentarios de aquella caterva humana que eran sus compañeros, rayaban en la provocación. Opté por el silencio, por una aparente sumisión absoluta.
Reflexioné entonces profundamente sobre la ignorancia, y me impuse un duro auto control para calmarme y poner en orden mis pensamientos.
Insatisfecho con mi actitud, el empleado opta por una abierta actitud provocadora, y comienza a arrojar con fuerza, los pesados huesos con carne sobre el lomo de los lobos grises, que a cada golpe aúllan de dolor. El miserable me mira de soslayo, esperando alguna reacción de mi parte. Nada, no hago nada.
Todo ese día me quedo dialogando mentalmente con el líder, que comienza a aullar con toda la manada cuando el sol se esconde.
Esto exacerba al grupo humano referido anteriormente, que a cierta distancia, ensaya pasos de baile soeces, y algunos eructos y gestos obscenos dirigidos a mí.
Por la noche, por un motivo que puedo sospechar, pienso en Rumania y en su idioma dulce, enclavado en sólido latín. Sueño con sus montañas y me veo caminando con precisión por sus senderos. En el sueño, llevo el cabello largo y una ropa extraña, una espada de empuñadura adornada con gemas, y una cruz latina sobre el pecho.
Tomo entonces algunas decisiones que parecen gestarse fuera de mí. Todo el día me persiguen las voces rumanas, y unas fogatas que luchan contra la niebla eterna.
Tomo mi puesto cotidiano en la lomada, sin preocuparme por el rocío, que busca mis huesos con sus agujas de hielo.

La cuadrilla municipal hoy no está de humor, hace lo justo, se mueve con una prudencia desconocida, puede deberse a algún vago temor, acaso al frío. Mi rostro está quieto, y trato de no desviar la mirada hacia ellos por ningún motivo.
El líder está mortalmente inmóvil, ni siquiera se sacude los restos de escarcha, que la helada depositó en su pelaje como en una cima nevada. La manada lo acompaña en su quietud.
Todo el día transcurre así, inmóvil. Quietud de águila quieta, de garzas quietas, de árboles sin hojas, y de muros arañados por generaciones de bestias encerradas.
Recibo la niebla con la primera oscuridad, es como una ceremonia, ya nada se oye, que no sea amortiguado por vidriadas gotas de agua sobre la vegetación. Sólo una veintena de ojos se atreven a brillar de fijo azul entre la bruma.
La situación me favorece, mi prolongada paciencia recibirá su recompensa. Ningún ruido percibe el oído humano.
Sólo fue necesario un preciso movimiento sobre la cerradura del viejo candado. En tantos descuidos incurrían habitualmente los negligentes empleados, que no haberlo cerrado esa noche no provocaría el asombro de nadie.
Por todo un año había mantenido bien guardada aquella llave, desde que cayera del bolsillo agujereado del encargado, en uno de sus alcohólicos descuidos.
Una gran paz me invadió entonces, y recuerdo lo bien que dormí aquella noche.
Al otro día encontré el zoológico cerrado. La gente, horrorizada, comentaba que una veintena de lobos habían escapado, devorando a algunos trabajadores que tomaban su turno por la mañana. Nadie más que ellos, por fortuna, resultó herido.
Luego de su nefasta tarea –así decía la información periodística- permanecieron en la lomada que está ubicada frente a su jaula, e ignorando algunos niños y ancianos que permanecían inmóviles de miedo, caminaron por largo rato en círculo olisqueando la gramilla, para dispersarse luego con rumbo ignorado.

Pese a los esfuerzos de la policía al llegar al lugar –continuaba la información- ningún rastro se halló de ellos, esto último dio pie a las más diversas y disparatadas conjeturas, como ocurre en estos casos.
La causa penal y el correspondiente sumario administrativo se sobreseyeron –como era lógico- sin ningún imputado, ya que la imputación hubiera recaído, sin dudas, sobre alguno de los occisos, que eran, precisamente, quienes tenían la responsabilidad de mantener cerrado el candado de la jaula de los peligrosos animales.
Las autoridades municipales manifestaron que vistos los acontecimientos, no repondrán los ejemplares perdidos en el hecho.

© Juan Pablo Vitali

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