La senda del vestido floreado.
Parecía una calle antigua. En realidad, midiéndolo
en tiempo real, era insignificante el lapso histórico transcurrido,
pero la nostalgia que inspiraba, la hacía parecer extremadamente
vieja. Las formas de principio de siglo no la habían abandonado.
Sobre las vías que corrían hacia el monte, crecía
libremente el pasto.
Los barcos, parecían anclados desde épocas inmemoriales
en el puerto, las casas eran de madera y de chapa, adornadas con
cenefas - características de la oleada inmigratoria de otros
días -.
Todo era inalcanzable y antiguo: los pequeños puentes, los
ambientes dormidos, como ignotos anticuarios ignorados.
Nadie transitaba la calle, se notaba en la intangible superficie
del empedrado desparejo. Nadie hablaba, sólo discurría
el tiempo, perfumado por rosales y glicinas.
Supe desde el principio que no era prudente tomar aquel camino,
un sopor de melancolía malsana me lo anunciaba. Sin embargo,
mi temperamento es proclive a ese tipo de impulsos, y a trasponer
puertas prohibidas e imprecisas.
Los parroquianos, desde los bares oscuros, balconeaban disimuladamente
mi indecisión. Un extraño reflejo me anunció
entonces, que no iba a detenerme porque unos cuantos curiosos me
observaran.
La línea fue finalmente atravesada -una maginot de jazmines,
víctima de la blitzkrieg del alma. La traspuse ceremonialmente,
como a una ciudad en ruinas, amurallada en los recuerdos de su devastación.
De inmediato, sentí que se volvía dificultosa la respiración,
y que una cierta opresión en el pecho iba en aumento.
Esperaba ahora, que el transcurso del tiempo y de la distancia,
definieran algo en aquella incertidumbre. Pero nada ocurría,
o al menos no pude percibirlo de inmediato.
Sólo sé, que no soportaba la visión directa
de las casas, de los números en lo alto de los frentes –
consignando a menudo el año de construcción –
mientras los oscurecidos relieves semejaban gárgolas decadentes.
Los empedrados desparejos dañaban el auto. Una cuadra tras
otra, el lugar me invitaba a detenerme, pero un vago temor me lo
impedía.
Conducía sumamente distraído, sumido en mis cavilaciones,
cuando la pelota de trapo se cruzó, justo delante de las
ruedas delanteras. Y como inevitablemente, detrás de una
pelota que cae a la calle, sea de trapo o de cuero, sale un niño
corriendo, clavé los frenos. El mantenimiento del auto no
era bueno y su modelo anticuado, de modo que los frenos no respondieron
como era debido. Hubiera jurado haber embestido al pequeño,
pero no sentí ningún impacto, y al bajarme y mirar
atrás, el niño estaba ahí, con una sonrisa
cómplice diciéndome:
– Por favor Don, no se lo diga a mi vieja.
– ¿ Y dónde está tu vieja pibe, si es
que puede saberse? Contesté azorado.
– Allí. Fue la concisa repuesta, señalándome
el negocio situado enfrente.
Pensé muchas cosas confusas mientras cruzaba la calle con
el pequeño de la mano.
Antes de golpear en la puerta de madera, vi un cartel de pizarra
sobre el cual, alguien había escrito con tiza el precio del
plato del día.
Al trasponer la entrada, sentí un fuerte olor a puchero,
mezclado con otros aromas que quedaban en un segundo plano: el del
mimbre de las sillas, la leña de la cocina, y el de los jazmines
y glicinas cercanos al río.
El ambiente me envolvió de tal modo, que no supe qué
decir. Sólo sé que el niño habló entonces,
y que al rato me encontraba sentado frente a un vaso de vino de
la costa.
Se sumaba ahora el olor del pan recién horneado, a aquella
cálida embriaguez.
La mujer iba y venía, sirviendo y limpiando las mesas. Su
paso y su aroma descompasaban el latir de mi corazón. Un
ceñido vestido floreado y un peinado a lo Zully Moreno, le
daban un aire cinematográfico. El ruido de los tacos parecía
rajar las tablas, clavándome las astillas producidas, en
el lugar más dulce de la corteza cerebral.
Luego de varias idas y venidas, notando mi poca voluntad de moverme,
aquella mujer se acercó directamente, entonces se me secó
la boca y se me cerró la garganta. Comenzó a hacerme
preguntas: me preguntó por ejemplo por mi ropa –que
le resultaba extraña por lo extemporánea. Luego de
unas sonrisas compartidas, los ojos de ambos se entregaron a un
lenguaje envolvente, sensual, que nos dominó por completo.
Aquel diálogo se hizo más íntimo y profundo,
hundiéndose en la noche húmeda, luego de cobijar al
niño, cansado de jugar a la pelota, en el cálido lecho
de la habitación contigua.
Me desperté sobresaltado, mirando ese río tan ancho,
que nunca me deja de asombrar. Hoy, además de su ancho, también
la longitud de su camino costero me pareció interminable.
Sacudí el sueño con un trago de caña, tratando
de dominar el temblor de mis manos, y sobre todo, de no pensar.
Perturbado, arranqué el vehículo y retomé el
viaje. Llegué al cabo de un rato, a la selva marginal que
se encuentra al final de la ruta. Doblé a la izquierda, levantando
piedras y espantando cuises, alejándome de la costa.
Me complacía cada metro que dejaba atrás, como si
huyera de un peligro desconocido. El viento me resultaba extraño,
empalagoso de tibieza y de olores familiares. Por momentos todo
me parecía desconocido.
Así anduve, sin torcer la vista por un largo tramo.
Finalmente, al llegar al empalme con la autopista giré la
cabeza, mi rostro mudó entonces a un pétreo rictus
facial: allí pude ver, sobre el asiento del acompañante,
un vestido floreado pasado de moda, y una pelota de trapo que -
podía sospecharse - databa de la misma antigüedad.
© Juan Pablo
Vitali
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