Justificación impropia.
Cruzó las vías. La venganza acicateaba sus pasos
cada vez más enérgicos. Trataba de dominar el odio,
pero no le era posible, comprometía toda su voluntad para
lograr ese control. Era inútil, sólo conseguía
caminar con mayor decisión hacia su objetivo: la venganza.
Era como si el puñal lo hubiera buscado. Lo había
visto en la vidriera una y otra vez, sin decidirse a comprarlo.
Dejó pasar el tiempo, en realidad no quería adquirirlo,
no era para nada aconsejable que lo tuviera en su poder; lo sentía
como un símbolo de sí mismo, un instrumento de lo
que algunos llamarán venganza, pero que él creía
era estricta justicia.
Pasó el tiempo –meses, creo- y el azar hizo que el
viejo auto se detuviera casi en la puerta del negocio, por un desperfecto
mecánico, entonces Roberto Fernández no pudo evitar
dirigir la mirada hacia el antiguo frente. Estaba cerrado, definitivamente,
y no era de extrañar en medio de la crisis. No obstante,
allí estaba el precario cartel consignando la nueva dirección
del comercio, mediante unas letras corridas por la lluvia.
El nuevo lugar era más alejado aún que el primero,
ya bastante impropio para un negocio de ese tipo, al estar situado
distante de la zona comercial de la ciudad. Pero como él
no era hombre del centro, aquella circunstancia lo acercaba más
aún al cuchillo, porque la calle y el número consignados
en el cartel sobre la persiana de metal, venían a quedar
a unas pocas cuadras de la vieja casona heredada de sus abuelos,
en la zona más vieja de la ciudad.
Esa noche se fue a dormir cansado, luego de ayudar a cargar el automóvil
en la grúa y trasladarlo hasta el garage descascarado de
su casa, dentro del cual quedó guardado no sin antes empujarlo
trabajosamente - se sabe que los autos viejos son sumamente pesados
-.
Andar a pie ya le daba lo mismo – en cierta forma hasta era
mejor- le permitía reconciliarse con los elementos naturales,
sentir la lluvia y el frío, concebir el empedrado y las antiguas
acacias como algo vivo, tal como lo sentía cuando caminaba
hacia la escuela frente al parque. Así podría pasar
a diario frente a la iglesia San Francisco, y recordar la imagen
del Coronel y de Eva, cuando alcanzó a verlos - saliendo
de la ceremonia religiosa de su casamiento -, luego de correr sin
aliento por ese mismo empedrado resbaloso y traicionero. Entonces
quiso ser Coronel, y fue quizás lo único que quiso
seriamente en su vida. Pero no ocurrió así, aquella
–supo luego- había sido sólo una idea loca.
Su condición de transeúnte, lo topó al fin
con la nueva dirección del negocio – si es que así
podía llamarse -, una típica casa de familia, de las
que habían sobrevivido en aquel barrio desde principios del
siglo pasado, y en cuyo living, alguien había acumulado los
elementos trasladados del local anterior.
Vio el cuchillo de inmediato - ni bien entró -. Estaba al
mismo precio que antes, y era ridículo que así fuera
cuando todo había aumentado en grande.
Se lo llevó, fueron sólo unos breves instantes los
que le demandó la compra. El vendedor y él prácticamente
no se vieron las caras, él ni se sacó el sombrero
– que habitualmente usaba los días de lluvia o de mucha
humedad-, y el vendedor estaba oportunamente ensimismado en un partido
de fútbol.
Así fue, siempre había sido suyo, desde siempre, aunque
la verdadera razón todavía no le había sido
develada.
Ahora tenía la razón y el instrumento. Con ellos caminaba
sin un plan definitivo –porque se sabe que el azar, hace y
deshace los planes más esmerados-.
Tenía también una idea fija: reestablecer en un acto
– en un solo y simbólico acto- el equilibrio perdido
en un tiempo impreciso del pasado.
Ella era sólo una excusa, tan era así que ni siquiera
terminó siendo la merecedora del filo. El también
lo merecía – siendo como era consciente de la vieja
relación-.
Era cierto que podía ser poco el derecho que le asistía,
para reclamar lealtad en una relación, que había sido
siempre tan extraña y sombría. Pero por una vez quería
erigirse en juez. Siempre yunque, quiso justificar su existencia
siendo por una vez martillo, aunque pudiera ser –quizás-
la última.
Detrás de las vías se extendía un territorio
desconocido, pensó en lo interesante que así fuera,
porque eso aumentaba el riesgo y dejaba que el azar decidiera por
él y por los demás.
Conocía sin embargo la esquina hacia la cual se dirigía.
Allí había una casa como la suya y un hombre como
él, que nadie recordaba ya, y al que sólo la traición
daba entidad - de no ser por esa circunstancia, pensó- sería
como si estuviera muerto. Lo paradójico era que él,
Roberto, era como su espejo, merecedor de la traición más
aún, que de la pretendida lealtad que reclamaba.
Era el suyo un reclamo justificatorio de sí mismo, porque
jamás sería ya Coronel, pero al menos por un instante
sería soldado; es más, sería un guerrero, firmemente
establecido tras las líneas enemigas, un émulo del
otro Coronel, el rebelde Kurtz, cuya heroica imagen cinematográfica
le gustaba recordar, de vez en cuando.
Siguió pues hasta la esquina crucial, quizá nada ocurriría,
entonces solamente volvería a empezar, otro día, dentro
de meses, semanas...o años, quizá en otro horario,
acompañado por una idea vaga, sin plazos perentorios, sin
un plan fijo. Sería nuevamente un azar, un hecho prescindible,
sin importancia en el infinito universo de los hechos, pero que
iba con él, porque uno y otro eran lo mismo.
Una cuadra y media antes de llegar ubicó un kiosco sobre
la mano derecha, una silueta negra se dibujó en el rojo de
los ladrillos a la vista. Las sombras iban dominando ya, aquel barrio
olvidado por el progreso urbano, y ocupado por la nostálgica
tristeza que origina ser de una época y parecer de otra,
que en realidad te desprecia.
Podía acercarse con total impunidad a aquel hombre, dominado
por los actos reflejos cotidianos, y que en ellos –como a
todos nos pasa- se sentía falazmente seguro. Aprovechó
la circunstancia sin pensar en nada más, y mucho debió
acercarse para ver bien al hombre, a través de la incipiente
niebla. Un solo problema lo aquejaba, y tal era medir el acto final
que debería ser ejecutado de frente, como lo indicaba el
código que venía a hacer cumplir.
Descubrió que ni una sola gota de sangre lo había
tocado, la toalla que llevaba a tal efecto envolvió la empuñadura.
El golpe fue seco, rápido, preciso, y así nomás
como venía metió todo en la bolsa de nylon que sostenía
en la otra mano.
Caminó hasta la mitad del camino de regreso, y metió
la bolsa, con la toalla y el puñal, bajo la lona de un camión
que a éstas horas estará en Misiones – y francamente
no creo, que al camionero le den ganas de ponerse a buscar el origen
de elementos tan comprometedores-.
Media hora después, Roberto estaba en su casa. El barrio
era oscuro y la niebla cerrada. Difícilmente alguien lo hubiera
visto.
Venía con suerte, y confiado en ella se fue a dormir.
A la mañana siguiente se despertó tranquilo, puso
la radio; todas las estaciones hablaban de la inseguridad. Todas
las noches había algún muerto, el suyo sería
uno más, insignificante, rutina policial.
Arrancó el auto –seguía de suerte-. Por primera
vez en la vida apreciaba un día de rutina. Todos los querían
en la oficina, era buen empleado, buen compañero, la gente
se encariñaba fácilmente con él, como lo hacía
con las personas insignificantes, aquellas personas que nos hacen
sentir más importantes de lo que somos. Era una suerte que
fuera así... esta vez, era una suerte.
© Juan Pablo
Vitali
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