:. Artículos

Centrifugando karma
El sueño de la mandarina
El traspié de Apolonio
Stalker ataca de nuevo
Exú
Los talentos secretos del editor Stalker
Sucedáneos
Los fuegos de San Juan
Taraxacum erythrospermum
Pasos hacia una entropía del lenguaje

 
 
 Prensa
octubre de 2000 - Diario El Día

Los talentos secretos del editor Stalker


Detrás de Stalker hay un autor con varios libros (o un único libro con varios autores), sucedáneos todos de una obra que se resiste a cualquier reduccionismo interpretativo. He leído varios, casi todos los libros de Gabriel Cebrián, y aún debo confesar, no sé de qué tratan. Es una suerte. Él tampoco lo sabe, pero la suya es una ignorancia lúcida, nacida acaso del desmadre de una vocación y del sabotaje lingüístico que libro tras libro intenta. Todavía no ha llegado a dinamitarse del todo, pero va en el buen camino.
En su último texto, “la sombra del relámpago”, tiene la colaboración oficial de otro dinamitero de tiempo completo, el poeta Eduardo Zapiola. En yunta, hacen dupla peligrosa. Desconfían de las palabras, intuyen que no hay nada detrás de ellas, y sin embargo insisten con la manía artesanal de amontonarlas y editarlas con algún sentido. Así arman, cortan y pegan sus libros, con dientes y saliva. Como un fervor con pie de imprenta: Stalker. ¿A qué suena Stalker? A mí me suena a una tara editorial de dos tipos decididamente porfiados. Y virtuosos. O a la tara de un tipo solo con muchas porfías. También a una empresa diáfana, la del anarco-lirismo editorial. Stalker imprime hasta exprimirse. Pero cuando saca un libro, ahí aparece Cebrián o Zapiola, o un tal Néstor Dickinson intentando la física tradicional de pesar poemas.
Gabriel Cebrián dice haber conocido a Dickinson en plena arrogancia juvenil. Es probable, aunque es probable también que Dickinson –por el peso específico de sus poemas- sea una mera invención de la dupla dinamitera. Un cuento. Uno nunca sabe, tanto Gabriel como Eduardo amenazan con Pessoa al vesre. Y lo saben.
Otra posibilidad razonable es que Eduardo Zapiola sea una extensión de Cebrián. O que Cebrián sea la máscara de Zapiola. Ambos se amañan admirablemente. Dickinson lo mismo. Hasta hay una novela en ciernes que el triunvirato viene tramando. Se titula “Liberación de la materia verbal”
Pero volviendo a “La sombra del relámpago”, de Cebrián-Zapiola, puede decirse que es un libro tan radicalmente indescifrable como admirable. Es bello, inútil y peligrosamente ingenuo. Como los autores en singular. Habla del lenguaje, de la poesía propiamente, y propiamente de la segunda ley de la termodinámica (todo calor desaparecerá o ¿por qué se enfría la sopa?). De esas ínsulas entrópicas que desvivían tanto a Wiener como las muchachas que asistían a sus clases. Es un libro físico el del relámpago, sin pretensiones deconstructivas aunque paulatino. A medida que uno lo lee, advierte que se va degradando. Se pierde. Recuerdo que una vez fui poeta, comienza diciendo “Cepiola” y concluye: En el principio fue el verbo, y en el final también. En el medio, como corresponde, hay alusiones trasnochadas a la patética Blavatsky, prosaísmos arrancados a Rolando Barthes obtuso, decálogos, poesía, endechas y un proceso de reconstrucción a manos del Dr. Pickwell, además de Cebrián-Zapiola en jugosos diálogos transcriptos por Cepiola, un alter ego en mix.
“La sombra del relámpago” ya fue. Es el calor que dejó el destello, la combustión. Con la chamisquina el dúo lingüístico –o Cepiola, mejor- encola este libro de ceniza. Los “Inútiles poemas” del segundo pueden testimoniar el resto: Se nos quema la noche (...)/ nunca ganaré un Nobel/ no iré a los mercados/ el flujo del tiempo no puede alterar la gravedad. Es la misma gravedead de ley que utiliza Dickinson cada vez que pone en la balanza sus poemas. El mismo identikit que deja Cebrián en sus maniobras narrativas. Pista, despista. Pero no puede desprenderse de su innegable talento. ¿Es decir mucho siendo de aquí? A lo mejor, no importa. Él lo va dejando tras de sí. Yo –admite- he aprendido a impostar. Mientras desaparece o se diluye, “La sombra del relámpago” va extendiendo su impronta macedoniana, clásica, algo herética. Como un artefacto destinado a desandar. Como ese zapallo que crece y se ramifica en frutos y apellidos expuestos para desintegrarse. Es lo que dicen todos los libros de Gabriel Cebrián: La vida es muerte. Claro que con decirlo no se gana mucho. Él, a diferencia de tantos, lo demuestra. De su tronco sale para morir una obra rara, importante y originalísima. Importa poco sobre qué argumenta, es casi imposible detectar el mucho dolor y, después de todo, ¿para qué? Lo verdaderamente valioso es que cumple su objetivo: pasar desapercibida, desintegrarse de a poco, no dejar rastro ni vanidad. Al fin y al cabo, es casi un un portento que Stalker –el verdadero editor- haga lugar a un platense, a tantos, que del salto al vacío han hecho una profesión de fe.

 

Gabriel Báñez.


© Editorial Stalker

EDITORIAL
NOVEDADES
CATALOGO
AUTORES
ARTICULOS
DESCARGAS
FORO
GUESTBOOK
CONTACTO
ENLACES
HOME