Los talentos secretos
del editor Stalker
Detrás de Stalker hay un autor con varios libros (o un único
libro con varios autores), sucedáneos todos de una obra que
se resiste a cualquier reduccionismo interpretativo. He leído
varios, casi todos los libros de Gabriel Cebrián, y aún
debo confesar, no sé de qué tratan. Es una suerte.
Él tampoco lo sabe, pero la suya es una ignorancia lúcida,
nacida acaso del desmadre de una vocación y del sabotaje
lingüístico que libro tras libro intenta. Todavía
no ha llegado a dinamitarse del todo, pero va en el buen camino.
En su último texto, “la sombra del relámpago”,
tiene la colaboración oficial de otro dinamitero de tiempo
completo, el poeta Eduardo Zapiola. En yunta, hacen dupla peligrosa.
Desconfían de las palabras, intuyen que no hay nada detrás
de ellas, y sin embargo insisten con la manía artesanal de
amontonarlas y editarlas con algún sentido. Así arman,
cortan y pegan sus libros, con dientes y saliva. Como un fervor
con pie de imprenta: Stalker. ¿A qué suena Stalker?
A mí me suena a una tara editorial de dos tipos decididamente
porfiados. Y virtuosos. O a la tara de un tipo solo con muchas porfías.
También a una empresa diáfana, la del anarco-lirismo
editorial. Stalker imprime hasta exprimirse. Pero cuando saca un
libro, ahí aparece Cebrián o Zapiola, o un tal Néstor
Dickinson intentando la física tradicional de pesar poemas.
Gabriel Cebrián dice haber conocido a Dickinson en plena
arrogancia juvenil. Es probable, aunque es probable también
que Dickinson –por el peso específico de sus poemas-
sea una mera invención de la dupla dinamitera. Un cuento.
Uno nunca sabe, tanto Gabriel como Eduardo amenazan con Pessoa al
vesre. Y lo saben.
Otra posibilidad razonable es que Eduardo Zapiola sea una extensión
de Cebrián. O que Cebrián sea la máscara de
Zapiola. Ambos se amañan admirablemente. Dickinson lo mismo.
Hasta hay una novela en ciernes que el triunvirato viene tramando.
Se titula “Liberación de la materia verbal”
Pero volviendo a “La sombra del relámpago”, de
Cebrián-Zapiola, puede decirse que es un libro tan radicalmente
indescifrable como admirable. Es bello, inútil y peligrosamente
ingenuo. Como los autores en singular. Habla del lenguaje, de la
poesía propiamente, y propiamente de la segunda ley de la
termodinámica (todo calor desaparecerá o ¿por
qué se enfría la sopa?). De esas ínsulas entrópicas
que desvivían tanto a Wiener como las muchachas que asistían
a sus clases. Es un libro físico el del relámpago,
sin pretensiones deconstructivas aunque paulatino. A medida que
uno lo lee, advierte que se va degradando. Se pierde. Recuerdo que
una vez fui poeta, comienza diciendo “Cepiola” y concluye:
En el principio fue el verbo, y en el final también. En el
medio, como corresponde, hay alusiones trasnochadas a la patética
Blavatsky, prosaísmos arrancados a Rolando Barthes obtuso,
decálogos, poesía, endechas y un proceso de reconstrucción
a manos del Dr. Pickwell, además de Cebrián-Zapiola
en jugosos diálogos transcriptos por Cepiola, un alter ego
en mix.
“La sombra del relámpago” ya fue. Es el calor
que dejó el destello, la combustión. Con la chamisquina
el dúo lingüístico –o Cepiola, mejor- encola
este libro de ceniza. Los “Inútiles poemas” del
segundo pueden testimoniar el resto: Se nos quema la noche (...)/
nunca ganaré un Nobel/ no iré a los mercados/ el flujo
del tiempo no puede alterar la gravedad. Es la misma gravedead de
ley que utiliza Dickinson cada vez que pone en la balanza sus poemas.
El mismo identikit que deja Cebrián en sus maniobras narrativas.
Pista, despista. Pero no puede desprenderse de su innegable talento.
¿Es decir mucho siendo de aquí? A lo mejor, no importa.
Él lo va dejando tras de sí. Yo –admite- he
aprendido a impostar. Mientras desaparece o se diluye, “La
sombra del relámpago” va extendiendo su impronta macedoniana,
clásica, algo herética. Como un artefacto destinado
a desandar. Como ese zapallo que crece y se ramifica en frutos y
apellidos expuestos para desintegrarse. Es lo que dicen todos los
libros de Gabriel Cebrián: La vida es muerte. Claro que con
decirlo no se gana mucho. Él, a diferencia de tantos, lo
demuestra. De su tronco sale para morir una obra rara, importante
y originalísima. Importa poco sobre qué argumenta,
es casi imposible detectar el mucho dolor y, después de todo,
¿para qué? Lo verdaderamente valioso es que cumple
su objetivo: pasar desapercibida, desintegrarse de a poco, no dejar
rastro ni vanidad. Al fin y al cabo, es casi un un portento que
Stalker –el verdadero editor- haga lugar a un platense, a
tantos, que del salto al vacío han hecho una profesión
de fe.
Gabriel Báñez.
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