Stalker ataca de nuevo
Stalker ataca de nuevo. Esta vez con dos títulos de su colección.
El primero, “Ulelü”, es de Gabriel Cebrián
y pertenece a la serie de Narradores Sueltos. El segundo, “La
noche viene conmigo”, es de poesía y su autor es Lucas
Lavorato. Este volumen pertenece a la serie Citadinos Platenses.
Primero la novela, que es más extensa.
“Ulelü” es el amigo invisible de Francisco Lobo,
hijo único con una rama familiar paterna signada por militares
y políticos y con una materna marcada por la melancolía.
Nadie cree que el niño Lobo pueda tener pláticas y
encuentros con Ulelü, pero es así nomás. El niño
Lobo crece y harto de terapeutas y comparsas psicoanalíticas
decide relegar a su interlocutor invisible y escribir su historia,
la de Ulelü. Periodista y fiestero, en una partuza curte con
Pangi, la hermana puma de Ulelü. Viaja a Neuquén y comienza
el relato de una batalla cifrada por los antepasados de Lobo y por
los rituales mapuches y las conjuras demoníacas. El fin de
la novela señala que Ulelü termina haciéndose
carne con Lobo, a punto tal que Cebrián –sin confesarlo
explícitamente- ya no sabe quién escribe estas páginas,
si él o Cebrián.
Pero la conjura funciona a las mil maravillas, quizá porque
el relato está basado en hechos reales que el autor conoce
a la perfección o que desconoce intuitivamente. Lobo periodista
se hace perro (trewa) y cumple funciones en la comunidad indígena
bajo la influencia de la Machi. Pero en la guerra debe servir a
los intereses de la comunidad para vengar la muerte de un pequeño,
cometida hace muchos años atrás por un principal de
apellido Daguerre. Se tratará de una venganza histórica:
el nieto del tal Daguerre hoy es Jefe de la SIDE. Como dice Fucó:
el poder es una genealogía literaria.
“Ulelü” debe ser sin duda la historia mejor contada
de Cebrián. No la mejor escrita, felizmente, pero sí
la mejor contada. Irónica y depurada de alardes intelectuales,
cierra perfectamente su curso y guarda el secreto de las narraciones
orales con una frescura que va de los diálogos fortuitos
a las descripciones más nimias. El registro que corresponde
al bisabuelo de Lobo es otro buen ejemplo de la ductilidad narrativa
de Cebrián, autor valiosísimo y desdoblado como pocos.
Una addenda: quien imagine que esta novela es ficción, se
equivoca.
De Lucas Lavorato no sabemos mucho. Apenas lo que consigna Stalker
en la contratapa: que siendo muy niño descolló en
ajedrez y en búsquedas espirituales. Dueño de un talento
y una personalidad fraguados en el inconformismo y en un temperamento
indomeñable, Lavorato ha logrado con éste, su primer
volumen, “contribuir a mantener enhiesta la tradición
juglaresca rioplatense”, como destaca su editor. Stalker tiene
esas fraguas, hay que comprenderlo. La poesía de Lavorato,
sin embargo, es infinitamente superior a su ditirámbico,
pero genuino, editor. En “Paraísos superficiales”,
escribe: Se extraña esa hora/ de asilo/ de infancia/ Aquí
de noche/ frente a mis ojos/ se mutila el cansancio. Dos versos
más del niño que fue Lavorato, pero que persiste en
su escritura última: Me río sólo para mostrarte/
que la risa aún existe. La cita de Phillippe Brenot tampoco
debe pasar inadvertida: El escritor nace de sí mismo y adopta
un seudónimo. La escritura es un crimen para aspirar a la
existencia. Tomemos nota.
Mérito de Stalker, en co-dirección con el reconocido
poeta húngaro Janos Zapyolla, la aparición de estos
dos excelentes títulos.
Gabriel Báñez.
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