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Año 2004 - Diario El Día

Stalker ataca de nuevo


Stalker ataca de nuevo. Esta vez con dos títulos de su colección. El primero, “Ulelü”, es de Gabriel Cebrián y pertenece a la serie de Narradores Sueltos. El segundo, “La noche viene conmigo”, es de poesía y su autor es Lucas Lavorato. Este volumen pertenece a la serie Citadinos Platenses. Primero la novela, que es más extensa.
“Ulelü” es el amigo invisible de Francisco Lobo, hijo único con una rama familiar paterna signada por militares y políticos y con una materna marcada por la melancolía. Nadie cree que el niño Lobo pueda tener pláticas y encuentros con Ulelü, pero es así nomás. El niño Lobo crece y harto de terapeutas y comparsas psicoanalíticas decide relegar a su interlocutor invisible y escribir su historia, la de Ulelü. Periodista y fiestero, en una partuza curte con Pangi, la hermana puma de Ulelü. Viaja a Neuquén y comienza el relato de una batalla cifrada por los antepasados de Lobo y por los rituales mapuches y las conjuras demoníacas. El fin de la novela señala que Ulelü termina haciéndose carne con Lobo, a punto tal que Cebrián –sin confesarlo explícitamente- ya no sabe quién escribe estas páginas, si él o Cebrián.
Pero la conjura funciona a las mil maravillas, quizá porque el relato está basado en hechos reales que el autor conoce a la perfección o que desconoce intuitivamente. Lobo periodista se hace perro (trewa) y cumple funciones en la comunidad indígena bajo la influencia de la Machi. Pero en la guerra debe servir a los intereses de la comunidad para vengar la muerte de un pequeño, cometida hace muchos años atrás por un principal de apellido Daguerre. Se tratará de una venganza histórica: el nieto del tal Daguerre hoy es Jefe de la SIDE. Como dice Fucó: el poder es una genealogía literaria.
“Ulelü” debe ser sin duda la historia mejor contada de Cebrián. No la mejor escrita, felizmente, pero sí la mejor contada. Irónica y depurada de alardes intelectuales, cierra perfectamente su curso y guarda el secreto de las narraciones orales con una frescura que va de los diálogos fortuitos a las descripciones más nimias. El registro que corresponde al bisabuelo de Lobo es otro buen ejemplo de la ductilidad narrativa de Cebrián, autor valiosísimo y desdoblado como pocos. Una addenda: quien imagine que esta novela es ficción, se equivoca.
De Lucas Lavorato no sabemos mucho. Apenas lo que consigna Stalker en la contratapa: que siendo muy niño descolló en ajedrez y en búsquedas espirituales. Dueño de un talento y una personalidad fraguados en el inconformismo y en un temperamento indomeñable, Lavorato ha logrado con éste, su primer volumen, “contribuir a mantener enhiesta la tradición juglaresca rioplatense”, como destaca su editor. Stalker tiene esas fraguas, hay que comprenderlo. La poesía de Lavorato, sin embargo, es infinitamente superior a su ditirámbico, pero genuino, editor. En “Paraísos superficiales”, escribe: Se extraña esa hora/ de asilo/ de infancia/ Aquí de noche/ frente a mis ojos/ se mutila el cansancio. Dos versos más del niño que fue Lavorato, pero que persiste en su escritura última: Me río sólo para mostrarte/ que la risa aún existe. La cita de Phillippe Brenot tampoco debe pasar inadvertida: El escritor nace de sí mismo y adopta un seudónimo. La escritura es un crimen para aspirar a la existencia. Tomemos nota.
Mérito de Stalker, en co-dirección con el reconocido poeta húngaro Janos Zapyolla, la aparición de estos dos excelentes títulos.

Gabriel Báñez.


© Editorial Stalker

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