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María Elena Aramburu

Juan Pablo Vitali
 
 
 Autores
María Elena Aramburú

Una lección libresca
A JLB

En su refugio al pie del valle de la montaña madre, el Maestro, en el temprano crepúsculo de una de las muchas tardes en que recibía al discípulo, le habló estas palabras:
-Tengo un proyecto íntimo. Un proyecto que vengo soñando desde antes tal vez, de que mis pies hollaran los caminos de esta tierra.
-Maestro, nunca me has hablado antes de tu proyecto. ¿Por qué ahora...? -vaciló, temeroso, el ya no tan joven aprendiz.
-Porque no era llegado el tiempo –levantó, en gesto calmoso, su mano derecha, aplacando la incipiente ansiedad del discípulo. -Ahora, con muchas primaveras blancas y grises inviernos ya contados, he decidido poner en práctica ese proyecto tenaz. Años de ejercicio y de dura disciplina, me habilitan a ello.
El discípulo esperaba, transido de reverencial expectativa. Se oía el susurro del follaje y el lejano grito de los pájaros de la tarde. Los minutos pasaban y el joven no se animaba a ser él quien reanudara el río del habla.
-Crees que me aproximo a mi desaparición física y eso te entristece- afirmó el Maestro-. El discípulo, muy a su pesar, asintió, con la cabeza gacha. -Sin embargo, sabes que no será así. He elegido. No moriré como otros, crucificado en angustias de abandono como el joven dios de los cristianos, ni con la razón extraviada y solitario, como el predicador persa. No moriré como hombre, ni volveré en animal cuadrúpedo o volátil ...-.
El discípulo lo miraba con los ojos cada vez menos húmedos y más abiertos de estupor.
-Me convertiré en libro – dijo finalmente el Maestro, la mirada atravesando el follaje y apuntando a las altas cumbres que enmarcaban el valle.
-Pero ... Maestro ... el libro no es un ser viviente. La doctrina ... nuestra fe....-. El aprendiz vacilaba oyendo aquellas herejías de boca de su mentor.
-El libro, por estar hecho de fibras vegetales, es también una cosa viviente. Quédate, serénate, mira más allá de la visión limitada, mira con los ojos de la sabiduría y verás...-.
Dijo, y una especie de niebla mental, de somnolencia o sopor invadió la mente del discípulo. Se libró de ella sacudiendo cabeza y miembros. Cuando sus ojos se despejaron, vio que estaba solo y que frente a él se abrían las páginas de un libro. Se agachó, y a la luz vacilante del ocaso leyó:
“Tengo un proyecto íntimo. Un proyecto que vengo soñando desde antes, tal vez, de que mis pies hollaran los caminos de esta tierra.”

© María Elena Aramburú


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